El maestro de obras. ¿Dibujo artístico o dibujo arquitectónico?

Un día, casi sin darme cuenta, me encontraba en el Archivo Municipal de Los Llanos de Aridane, tenía que encargarme de la organización de una muestra, a priori muy interesante, sobre los maestros de obras del municipio, que desarrollaron su actividad a principios del siglo XX. Mi primer contacto con la documentación a estudiar, convirtió el “muy interesante” en un “muy seductora”, y me despertó el deseo de saber más sobre esos expertos, por lo que me planteé averiguar, a través de sus dibujos, cómo se desarrolla su profesión y el por qué son los responsables de gran parte del patrimonio urbano y arquitectónico de Los Llanos de Aridane.

De entrada, hay que destacar que en los primeros años de siglo, los dibujos se muestran casi como una pintura, donde sólo aparecen representaciones de fachadas, con una clara y única preocupación por la estética y la apariencia que tendrá el edificio de cara a la calle. Inquieta la composición de los huecos, sus acabados en jambas, dintel y alfeizar, las terminaciones en la línea de cornisa del edificio, o el tratamiento del zócalo. Un dibujo incompleto desde el punto de vista arquitectónico, con un aporte de información insuficiente para materializar la obra en su totalidad.

Esa falta de información nos lleva a pensar que la construcción de las obras se convertía en una continua improvisación, en la que la mayor parte de decisiones se tomaban sobre el terreno en un replanteo de obra constante. El maestro de obras, como responsable y artífice de los planos, debía encontrarse siempre a pie de obra en la ejecución, como una figura omnipresente desde el encargo previo del trabajo, y sobre el que recaía todo el proceso de la obra hasta su finalización.

A medida que pasan los años, y concretamente a partir de 1915, en el dibujo podemos vislumbrar algunas transformaciones. En primer lugar, en los aspectos meramente gráficos apreciables a simple vista aparece una clara variedad de soportes y técnicas, desde trabajar sobre papel estándar a hacerlo sobre papeles milimetrados, vegetales o, incluso, con tratamientos finales en amoníaco que le dan ese color azul tan acentuado. Hay que destacar también la preocupación por representar con más realismo los materiales que componen la obra, dibujando los acabados de cenefas y azulejos, o utilizando distintas tramas para representar las texturas de los materiales.

Por otro lado, es destacable que el dibujo del maestro de obras evoluciona en su composición. A las fachadas, antes solitarias, empiezan a acompañarles planos de planta e incluso perspectivas que, con sus deficiencias por la dificultad de resolver formas en tres dimensiones, consiguen dar una visión global de la obra. También aparecen los primeros planos de situación o emplazamiento, que al marcar la orientación de la obra mediante la señalización del norte o sur, dejan a las claras el cambio de mentalidad y la preocupación por entender que las obras existen en un lugar y con unas características concretas que hay que considerar.

Así pues, la evolución de la que hablamos ya no es solo en el dibujo, sino que es el autor quien comienza a tener nuevas inquietudes y a plantearse una serie de condicionantes hasta ahora inexplorados. Aparece la capacidad de entender el espacio arquitectónico en su totalidad, desde la preocupación por las relaciones espaciales entre distintos usos, hasta el cómo se recorrerá ese espacio cuando pase del papel a estar construido.

Llegados a este punto, me surge una nueva pregunta, ¿era el maestro de obras un arquitecto?

Un arquitecto recibe una formación universitaria, de muchos años de estudio, donde trata de instruirse sobre cómo resolver mediante la arquitectura los problemas, necesidades y demandas de una sociedad. Ya sea desde el punto de vista edificatorio o desde el punto de vista urbano mediante el planeamiento. Además, y a pesar de que en el ejercicio profesional, hoy en día las competencias se reparten entre técnicos distintos, y cada vez existen más equipos multidisciplinares, el arquitecto es el técnico que se encuentra presente desde el inicio hasta el final de las obras, y el que tiene la mayor responsabilidad durante el proceso.

Si tenemos en cuenta esto, no sería aventurado defender que el maestro de obras de principios del siglo XX es el equivalente al arquitecto de la actualidad. Y podemos hacer esta afirmación, no sólo porque, como comentábamos con anterioridad, era la única persona física presente en todo el proceso de la obra, desde el encargo del trabajo hasta su construcción, sino porque eran sus dibujos los que permitían hacer realidad una idea que daba respuesta a las necesidades y demandas de quien hizo el encargo y de los usuarios que iban a servirse de esa construcción.

Es cierto que el maestro de obras, en la mayoría de estos casos, no tuvo una instrucción como puede tener un arquitecto en la actualidad, pero basta con captar la evolución gráfica y técnica de sus dibujos para entender que, a pesar de la ausencia de formación externa y de las grandes limitaciones técnicas existentes, poseía una clara vocación y capacidad de aprendizaje. Una reflexión que me lleva a ahondar en la cita de Jean Mignot que da cierre a esta publicación: “La habilidad sin conocimiento no es nada”.

El conocimiento en el maestro de obras existía, claro que existía, aunque con la particularidad de que se trataba de un conocimiento distinto, exento de Academias o Escuelas, un conocimiento operacional, donde se aprende desde la experiencia y la vocación.

Y ya que hablamos de conocimiento, aprovecho para transmitirles mi mayor inquietud, ¿cómo eran sus primeros dibujos?

Lo que mostramos en esta exposición es la documentación existente en los expedientes de obras, es decir, el resultado final de un proceso de proyecto, pero son las fases previas las que me faltan por conocer. Y es que detrás de cada plano cuidado e impecable, debe haber infinidad de dibujos, desde bocetos a croquis, donde el maestro de obras plasmaba sus primeras ideas, y como estas iban evolucionando. Esos dibujos de los que hablo, nos permitirían reafirmarnos en que el dibujo de los maestros de obras, era un dibujo arquitectónico de principio a fin.

Urbano R. Pérez Fernández
Arquitecto

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